El hambre y el frío volvieron a ser primera plana cuando la joven de cabellos negros quedó embarazada por segunda vez. Él joven especial estaba aturdido. Si bien la experiencia de ser padre nutría su alma se sentía angustiado tener que alimentar otra boca cuando el pan escaseaba en la casa. Y la niña de pocos meses empezó a sentir los celos al no ser más la protagonista de la casa, sus ojos se volvieron oscuros al igual que su cabello. Planearon un viaje al pueblo natal del joven, su padre no se encontraba bien. Llegaron a la casa en la que él creció y abrazó a su familia que hacía tiempo que no veía. Vio a su padre, pero sus manos temblaban exageradamente, signo de que algo andaba mal. Pasaron poco tiempo en el pueblo y volvieron a la cuidad, él joven especial tenía trabajo que cumplir y el embarazo de la joven de cabellos largos estaba llegando al final. Una triste mañana la noticia de que su padre partió hacia el cielo le ennegreció los días, pero no lo tomó desprevenido. Sabía que su deber era salir adelante, tenía un apellido que cuidar y un ejemplo que dar a su niña y a la que venía en camino. Él era especial.
La salud de la joven de cabellos negros empeoró para el otoño del 92, y los problemas cardíacos se hicieron presentes. Ese fue el precio que tuvo que pagar al traer al mundo a otra niña, de mejillas que parecían algodones y ojos color esmeralda. Él joven especial tenía otra musa que lo inspirada, pero él seguía enamorado de su primer niña. Unos pocos años han pasado, entre viajes al pueblo natal del joven, domingos en casa de los abuelos, juegos de muñeca, canciones y paseos sobre el techo.
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lunes, 26 de abril de 2010
camino a la libertad iii
Con casi 30 años decidió casarse con la muchacha de cabellos negros y se mudaron a una pequeña casa, en la que pasaban hambre y frío puesto que ni cama para dormir tenían. Al cabo de un tiempo los estudios de la joven de cabellos negros se vieron interrumpidos con el descubrimiento de que llevaba vida en su vientre. La noticia fue tomada con mucha alegría pero con miedo a la vez. Ser padres significaba una gran responsabilidad, y no sabían si estaba preparados para tomarla cuando el dinero del trabajo de él no alcanzaba ni para dos. Aquel joven especial estaba preocupado. Nada le importó cuando en la primer semana de abril del 91 una hermosa niña de ojos grises y cabellos color bronce lo miró a los ojos. En el mismísimo instante en que la vio, él se enamoró. Y era tanto su amor, que ella inspiró las palabras que él convirtió en canción. Ver sonreír a su hija llenaba de alegría cada espacio vacío de la casa. Y el hambre y el frío pasó a un segundo plano. Él disfrutaba la vida, aunque el trabajo se adueñó de sus horas, disfrutaba cada segundo que pasaba con sus dos amores, disfrutaba de los pocos momentos en los que subía al techo en dónde la inmensa bóveda celeste cubría su cabeza y lo inspiraba.
Camino a la libertad ii
Con sólo dos décadas de vida, rompió la cadena que mantenía sus pies en el pueblo y se echó a la carretera en busca de un destino.
Él era especial.
Llegó a los suburbios de la gran cuidad echando de menos a su padre, a su madre, y a la cantidad de hermanos que dejó en su pueblo, pero feliz de tener una absoluta libertad siendo un chico todavía.
Los rasgos de adultez se hicieron presentes en su espíritu y empezó a trabajar.
Tenía su hogar en el trabajo, pero aún así, decidió que era tiempo de terminar sus estudios.
Así que le regaló sus noches de verano al instituto.
Él era especial.
Acudía al instituto con una mochila, un solo cuaderno y un solo lápiz.
Pero en el otro hombro llevaba su guitarra.
Quiso impresionar a sus compañeros con una canción conocida, pero por alguna extraña razón la letra se borró de su memoria.
Entonces aquella chica, 7 años menor, cantó con él.
Poco a poco, tuvo una musa inspiradora para crear canciones.
Calló enamorado de la muchacha de cabello negro y rostro alargado.
Ellos eran especiales.
Camino a la libertad I
Con muy poca frecuencia prestamos verdadera atención a la belleza que nos rodea. Muy pocos aprecian el olor de las tormentas en verano, el frío contacto que hace el viento del invierno, el sonido de los pájaros en primavera y el color del camino en otoño.
Él era uno de esos pocos.
Nació en la segunda mitad del siglo XX en un pequeño pueblo en donde los habitantes no llegaban a 2000. Transcurría su infancia entre pelotas de trapo y travesuras con sus hermanos y amigos.
Él era especial.
Acompañaba a su padre en sus viajes en camión por otros pueblos, y entre tantas mañanas en la carretera el arte no tardó en impregnarse en su piel.
Empezó a escribir canciones que tiempo más tarde estarían acompañadas de una hermosa melodía de la guitarra que pedía prestada en el bar de su pueblo natal.
Él, él sí que era especial.
Se notaba en el color café de sus ojos, y en el iluminador brillo de su mirada; se notaba en sus pocas palabras y en las radiantes sonrisas que le costaba mostrar; se notaba en la oscuridad de su piel y en la dureza de sus jóvenes manos. Pero sobretodo se notaba en su actitud silenciosa y observadora, y en el hambre de libertad que hacía rugir su corazón.
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